Cada mañana al despertar se sentaba en el patio de su casa al lado del ciruelo, en aquella antigua silla desdeñada ya con los años, y esperaba.
Esperaba y esperaba; a veces ni siquiera comía, sólo se sentaba mirando hacia el horizonte en busca de una señal, tan solo una pequeña señal que le anunciara su llegada, pero aquella señal nunca llegaba.
Todo empezó una fría mañana de Otoño, era su primer día después de aquel que le secó el alma e hizo trizas su corazón, era el primer día después del más terrible de su vida, de aquel que a pesar de los años nunca olvidó, que después de veinte años sentada en la misma silla en su patio recordaba, cada vez con más dolor.
Aquel primer día no pensaba levantarse, no tenía fuerzas ni ánimo para siquiera intentarlo, se notaba cansada , quizás de tanto llorar, sus ojos hinchados y su rostro sin expresión alguna - tal como estuvo los siguientes veinte años- fue entonces cuando recordó su última palabra, aquella que le daría las fuerzas para continuar, fuerzas para levantarse de aquella cama y seguir viviendo :"ESPÉRAME" , esa fue la palabra que recordaría por el resto de su vida , cada mañana , con aquella suave e inconfundible voz que conocía mas que nadie." Espérame" balbuceaba continuamente, como si de esa forma pudiera volver el tiempo atrás ; algunos la consideraban loca, otros la entendían y compartían su dolor, la visitaban continuamente, la cuidaban y se preocupaban de que no le faltara nada, pero sí , le faltaba algo, aquello que esperaba diariamente en el patio de su casa, sentada en aquella silla, esa fiel silla que la acompañaba cada mañana junto al ciruelo.
Cada día era igual al anterior, despertaba con los ojos hinchados de tanto llorar, miraba por la ventana hacia el ciruelo y divisaba aquella silla que la esperaba para compartir con ella otro día más. Se apuraba pensando en la posibilidad de que ese día sí llegaría ,nunca, jamás, perdió la esperanza. La ilusión de la llegada de aquel día hacia brotar en ella una pequeña sonrisa, única expresión que manifestó en sus últimos veinte años. Al llegar cada día a su lugar, se sentaba , miraba y miraba, oía el viento, las aves que revoloteaban en el ciruelo, ladridos que se escuchaban a lo lejos, pero la señal nunca llegaba, aquella señal que alimentaría su esperanza, no obstante nunca se rindió. Pasaba toda la tarde ahí sentada sin ganas de nada más que esperar, por suerte no faltaba aquella bendita visita que le traía que comer y la acompañaba un momento en su espera,en su angustiosa y larga espera. Al caer la noche se iba a dormir con la esperanza de que llegara al día siguiente, que esa vez sería distinto; le costaba dormir se imaginaba su llegada de mil formas , pero siempre con un mismo final : su felicidad. A veces incluso lo soñaba y al despertar y darse cuenta de que no era más que un sueño, sus ojos se llenaban de lágrimas otra vez.
Cada día era igual al anterior, pero aquel día, aquel día sería distinto.
Se cumplían veinte años desde su partida, los años habían pasado por su cuerpo dejando estragos, y esta vez le jugaban una mala pasada, tan mal estaba que ni siquiera la ilusión de la llegada de aquel día podía devolverle la fuerza y flaqueza que necesitaba para poder levantarse de su aposento.
Sufrió ante la idea de que llegara justo cuando ella no estaba y se fuera, sin nada más que hacer.
Entre sus cavilaciones se imaginó que sucedía allá fuera, ¿Llegaría esta vez? , en esto estaba cuando de pronto sintió que la puerta se abrió, un frio enorme recorrió todo su cuerpo y la hizo estremecerse, de pronto sintió abrirse también la puerta de su cuarto, miró hacia ella y ahí estaba, parado frente a ella como tantas veces lo había tenido, su rostro no había cambiado, seguía siendo el mismo con el cual se había casado treinta años atrás, seguía siendo el mismo gran amor de su vida, con el cual conoció el amor por primera vez, la miraba fijamente con esa única e inconfundible mirada que lo decía todo. Ella atolondrada no sabía que decir, nunca en sus cincuenta años había sentido una felicidad tan inmensa como la que experimentaba en ese momento, esbozaba una enorme sonrisa que transmitía todo su sentir en aquel inolvidable momento; de pronto el se acercó y le dijo : Amor, tal como lo prometí, he venido a buscarte, ven conmigo a ser felices. Ella sin titubear se levantó inmediatamente de aquella cama, sorprendida de poder hacerlo se acercó a él y lo besó , en un beso eterno.
Muchos la lloraron, y lamentaron su partida, pero les consolaba el saber que allí donde ahora se encontraba estaba mejor, era feliz, pues había llegado al paraíso eterno.
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